El templo se proyectó en su día como una obra ambiciosa justificable por su función diocesana como cátedra episcopal a que iba destinada.
Una vez perdido el rango de sede y dignidad prelaticia y reducida la pompa y ceremonial de las solemnidades catedralicias a la sencilla liturgia de cualquier iglesia aldeana, Roda permanece todavía como foco de cultura a través de su complejo monumental, que, sin vacilar, representa una de las grandes realizaciones que de su época el Altoaragón posee.
EL TEMPLO
Agrupa en un solo bloque exento, el templo, con sus complementos de torre, pórtico, coro y criptas, y el claustro, que tiene anexas la sala capitular, capilla de San Agustín y refectorio comunitario.
Se levanta sobre una plataforma rocosa que se eleva de la plaza lo que dice la escalinata ante la entrada principal a mediodía y desbordan por ambos lados los apéndices catedralicios de criptas y coro.
Su planta se dibuja en clásico rectángulo de orientación litúrgica, cerrado en cabecera por las semicircunferencias absidales que irrumpen sobre la calle. Los tres primeros corresponden a las tres naves paralelas en que se divide el plano interior del templo. El más septentrional pertenece a la capilla de San Agustín abierta al claustro.
SU ALZADO
Todo él de sillar con empaste de mortero, presenta un aparejo de tamaños y formas de tan variadas y complejas combinaciones que justificaría un estudio minucioso, del que acaso pudieran deducirse o corroborar algunas fases y circunstancias por las que atravesó la fábrica del monumento.
Hay fragmentos paramentales cuya composición desentona de las corrientes románicas que prevalecen en él y son remanentes de construcciones anteriores a la catedral. Tales con las listas horizontales de loseta colocadas a modo de V decantada, formando una cara de espiga o espina de pez conocida en la nomenclatura arquitectónica romana como “Opus Spicatum” que puede verse en algunos fragmentos del muro a oriente, claustro y capilla de San Agustín.
La obra de fábrica correspondiente a los siglos X y XI es de sillarejo, canteado a simples martillazos, o con el simple uso del puntero, y alineado con gruesas capas de mortero, en la que todo es tosco: piedra sin escodar, tendeles gruesos, perfiles irregulares, fruto de una técnica incipiente y austera, que es la que cabe atribuir a los primeros balbuceos del románico entre nosotros y se evidencia en los tres ábsides de la basílica.
Lo construido a partir del siglo XII (capilla de San Agustín, claustro, portada principal y refectorio) presenta un aparejo de mayor escuadría, regularidad y pulimento, llegando hasta una cantería casi uniforme y aparejo muy refinado en las obras del siglo XVIII, como son la torre y pórtico, época en que se echó mano incluso del ladrillo en la ampliación del coro a los pies de la nave central.
EL VENTANAJE
También evoluciona según las distintas etapas que conocemos de la construcción de este conjunto. Escapa a cualquier fórmula de nuestras consideraciones estilísticas un vano que se abre en triángulo dentro de una estancia semisubterránea bajo la capilla de San Agustín, que pudo ser baptisterio por inmersión y presenta formas extrañas. El huevo tiene boca triangular abierta en la cara frontal del hemiciclo y rodea el interior del muro, a modo de gatera, para desembocar en el flanco a mediodia en forma adintelada y aspillerada.
Dos que iluminan la cripta central abren al exterior, a poca altura de la calle, en arcos dobles de medio punto y luz muy estrecha.
Las practicadas en lo alto de los entrepaños se ajustan más o menos a la fórmula clásica del medio punto y doble derrame.
Merecen mención, al menos, las cegadas en su luz que asoman por dentro de la nave sur, sobre lo que fueron los dos tramos primeros de la basílica original, cuyo dovelaje de estrecha laja es elocuente testimonio de un remoto primitivismo, así como la practicada sobre el testero del comedor que cierra con disco de alabastro trepanado, elemento extraño y marginal a toda la obra.
Un brevísimo toque de tracería gótica encontramos en el pequeño óculo que da al pórtico desde la capilla del mismo estilo que abre frente al primer tramo de la nave sur, y amplio rosetón de época barroca como el coro, que ilumina la nave central desde la fachada a poniente.
LOS ÁBSIDES
Tres ábsides conforman la cabecera del templo. En todos ellos es común el uso del sillarejo, de uso corriente entre los siglos X y XI. Pero en el central se distinguen dos tipos del mismo: uno en la base, algo más corto, grueso y regular, y otro, algo más plano, estirado y anárquico por encima de las primeras ventanas, a partir de una línea que más o menos coincide con el techo de la cripta. También es distinta la disposición de los sillares en las bandas o lesenas en relieve, primero dispuestas horizontalmente y desde media altura, alternando su colocación atizonada, diferencias que ponen de relieve distintos momentos en su construcción, que en el primer caso nos remite a un posible remanente de la iglesia consagrada en 956.
La ornamentación monumental consiste en los relieves decorativos de largas bandas, a modo de estrechos contrafuertes que desde el suelo remontan los parámetros absidales hasta el encuentro con una granja de arquillos ciegos que coronan, ciñendo el muro semicircular, a un rito de dos y cuatro arquillos entre banda y banda, bajo un galce de engranajes que asoma bajo el alero. Es la clásica decoración lombarda, que se introdujo en todo Ribagorza y norte de Aragón a través de los contactos franco-catalanes, y se hizo presente en todo el territorio, de modo que Roda fue uno de los primeros modelos y foco de difusión.
El ábside que corresponde a la nave norte ha sido recientemente descubierto y restaurado por el párroco actual, José María Leminyana.
LA TORRE CAMPANARIO Y EL PÓRTICO
Cubren toda la fachada a mediodía y fueron realizadas en las primeras décadas del siglo XVIII, con materiales aprovechados del derribo de la “Torre Gorda”.
El campanario, junto a la cabecera, se levanta sobre base octogonal que evoca la naturaleza románica de su antecesora, en dos cuerpos de tersa y afinada sillería con remate de chapitel piramidal, anillados por amplios cornisamentos volados y discretas lesenas, reforzando las aristas, coronadas por capiteles jónicos.
El pórtico se abre en cinco arcadas de medio punto, con escocias y bolas en los perfiles de su intradós, bandas cajeadas en sus intervalos, amplia imposta corrida y un pequeño frontón con capillita e imagen de San Vicente. La ordenó poner en la antigua fachada el obispo P. Antonio Serra, en su visita a Roda el 11 de diciembre de 1628.
Otras cuatro hornacinas más, con supedáneo, alojadas en las jambas que flanquean la arcada central, acogían esculturas en memoria de los santos Ramón, Valero, Agustín y Licerio.
El pórtico con atrio fue diseñado por el maestro arquitecto Silvestre Colás y realizado por el maestro albañil Dionisio Lanzón de Graus, por mandato del cabildo, entonces presidido por el prior Bartolomé Escartín, que firmó el contrato el 31 de mayo de 1724, y dio fin a las obras en 1728.
LA VENERABLE PORTADA
Se abre al fondo del pórtico, frente a la escalinata, en espléndido abocinado de seis arquivoltas, moldaduras atravesadas por impostas de entrelazos, tallos vegetales que coronan un doble orden de capiteles historiados y baquetones que se alojan en sus ángulos y esquinas. Un trasdós de relieve en semicírculo, con cabezas de diamante remata el conjunto.
Las escenas bíblico-sacras de los capiteles son una mezcla de temas narrativos, con representaciones y símbolos fuera de todo rigor cronológico, que los vuelven enrevesados y misteriosos a la hora de elaborar una síntesis de pensamiento.
A la derecha, según se entra, figuran la Anunciación, Natividad, Visitación, Epifanía, San Miguel y el dragón y huida a Egipto.
A la izquierda, y por el mismo orden, el Paraíso, Angel con dragón apocalíptico de las siete cabezas, Sacrificio de Abraham, San Ramón pontificando y Presentación al templo.
Técnicamente la portada es obra de comienzos del siglo XIII.
De fechas próximas dentro del siglo XIII es también el portón de madera que la cierra, de artesanía mudejar y “trasunto carpinteril de los mahometanos lazos de seis”.
EL INTERIOR DEL TEMPLO
Rezuma austeridad y misterio. Contribuye a ello la recatada luz románica, la diversidad de espacios, la variedad e irregularidad de niveles y un sistema de cobertura que a sus alteraciones añade como única fórmula de equilibrio el tópico recurso a la gran masa. Todo ello propenso a la reserva y el recoveco.
Cuatro gruesas pilastras cruciformes, paralelas al eje central, coordinan los espacios que aparecen divididos en igual número, de tres naves y tres tramos transversales, a los que deben sumarse los huecos de los tres hemiciclos absidales de cabecera, más la caja del coro de canónigos, abierta a los pies de la nave central.
Sobre aquellos soportes descansa todo un sistema de cobertura que monta sobre arcadas de medio punto en formeros y fajones para las naves laterales, y apuntadas a gran altura para la central, cuyas bóvedas asimismo apuntan su directriz, mientras en las laterales se quiso reproducir con piedra toda la arista viva original hecha de laja, y cuyos indicios permanecen en cada uno de los ángulos de apeo. Estas reformas tuvieron lugar en el siglo XVIII.
Los muros al exterior han sido ambos recrecidos: el de la nave al norte por la cara interior, dejando hueco para una capilla con altar-retablo en honor de Santiago Apóstol, frente al tramo central, y el de la nave al sur lo fue por la cara exterior, al construir la portada principal.
Mas tarde se abrieron por dentro de él capillas; una de diseño gótico de cara al tramo primero, dedicada a la Virgen de los Dolores, y otra al pie de la nave, dedicada a santa Bárbara. Esta luce fachada barroca de plintos, pilastrillas y arquivoltas labradas, enmarcando su arcada de medio punto, aunque sin frontón, pues se quiso respetar la originalidad de las arcadas que apean las aristas de la nave respectiva.
Las tres cabeceras absidales cierran con bóvedas en cuarto de esfera y arcadas de medio punto para su articulación a la nave. El de más al norte es de reciente construcción. El original fue destruido para instalar la sacristía en su lugar y ha sido rehecho el cascarón sobre el hemiciclo que se ocultó tras el muro que cerraba la sacristía por el lado a oriente. El de la nave central sufrió reforma en su pavimento al modificarse la cripta central en 1125. Según testimonio de una lipsanoteca descubierta en su ara, el obispo de Lérida, Berenguer de Erill, consagró de nuevo el altar de san Vicente el 15 de julio de 1234, y en 1537 se instaló el retablo que cierra el hemiciclo.
En el de la nave sur se abrió en el siglo XII la puerta de subida a la antigua torre campanario, y antes de finalizar el siglo XIII, se erigió allí altar con capellanía en honor de san Pedro Apóstol. En 1608, el prior Diego Calvo de Español hizo dedicar un altar con retablo y cofradía a la Virgen del Rosario. Y en el siglo XVIII se abrió la urna en el medianil con el presbiterio para depositar las reliquias recién halladas de los siete primeros obispos.
Las pilastras han sufrido retoques con el tiempo. La del Evangelio, delante del presbiterio, tuvo adosado el púlpito y fue restaurada en 1768, pues amenazaba ruina. Pero la más manipulada fue la que hay delante del coro capitular y capilla de Santa Bárbara, hoy baptisterio. En ésta fue abierto un pequeño nicho a comienzos del siglo XII para depositar las reliquias de los siete primeros obispos rotenses, con una lápida conmemorativa que dice: “PONTIFICUM DICTA QUÓRUM SUNT NOMINA SCRIPTA CORPORA SUNT SACRO CONDITA QUIPE LOCO HOC VIVIT TUMULO SANCTUS RAIMUNDUS IN ISTO PRIMUS ODISENDUS ATO FUIT SECUNDUS TERTIO BORRELLUS AIMERICUS QUOQUE QUARTO QUINTUS FUIT ARNULFUS SEXTUS ET IPSE LUPUS SEPTIMUS EST JACOBUS JUSTUS CASTUS REVERENDUS CUNCTIS PROPICIUS SIT IPSE PIUS”.
LAS CRIPTAS
La cripta central conserva todo su hechizo. Hundida bajo el presbiterio del plano superior de la nave, se baja desde un descansillo rectangular seguido de tres arcadas frontales y una breve escalinata. Tres navecillas, separadas por seis pares de columnas, confluyen en un encabezamiento pentagonal, en cuyo centro se abren dos vanos muy juntos, derramando al interior, y dos hornacinas en los paneles laterales con sendos relicarios barrocos de madera sobredorada que contienen los restos de san Ramón y san Valero. Las columnas: unas de fuste cilíndrico y abultadas en su centro, están coronadas con capiteles de labra rústica, acusando su aprovechamiento de obra anterior; otras son de sección rectangular con capiteles lisos. Tales soportes apean la arquería de medio punto sobre la que descansa el entramado de aristas en laja que cubre la cripta. Otros seis pares de columnas adosadas al muro apoyan el tendido de una línea de arcos ciegos, bordeando la cobertura.
La mandó construir san Ramón, modificando la cripta anterior, y en ella dedicó un altar a Santa María el 31 de mayo de 1125. Un año después, el 27 de junio de 1126, el Santo fue enterrado delante de aquel altar.
En el curo de los siglos se han realizado nuevas obras; así se sabe, por ejemplo, que el 20 de octubre de 1607 se reformó el altar y se descubrió la lipsanoteca de consagración de 1125; que el obispo de Lérida, Fr. Pedro de Santiago, en 1650 hizo construir los altares dedicados a San Ramón y San Valero, ampliando el presbiterio superior y prolongando la cripta que dotó con la entrada que hoy tiene y da al altar mayor de Roda ese aire tan peculiar.
La cripta del ala norte es otra dependencia cargada de misterio. Se la conocía como la “Sala del Tesoro” y en la documentación como “Archivo”.
Era archivo porque en él se guardaban las escrituras de propiedad y derechos del cabildo, y era sala de tesoro porque era la caja fuerte para la custodia de dinero.
De este destino sólo conserva el orden de cajoncitos con el nombre de los oficios capitulares a que correspondían rodeando el hemiciclo y motivó otras medidas de seguridad que han sido recientemente eliminadas, devolviendo a la estancia el ambiente de espacio destinado al culto que tuvo desde sus orígenes. De ellos conserva la estrecha navecilla con bóveda de cañón corrido, el clásico absidiolo y el típico cascarón en miniatura. En la arcada frontal del ábside y a lo largo de los muros laterales afloran las cruces de consagración en rojo, rehundidas bajo una capa de estuco, y ostenta otra decoración propia de su función cultural. En el cuenco superior del cascarón figura el Señor en Majestad rodeado de los símbolos de los evangelistas. En una segunda banda desfilan sin divisiones doce personajes, representando los meses del año o menologío. En la parte inferior, sobre la imposta, figuran hombres luchando con animales monstruosos. Fuera del ábside, sobre ambos despegues de la bóveda, el bautismo de Cristo, frente, la psycostasis de San Miguel.
La cripta sur debió ser correlativa a la descrita, pero sucesivas transformaciones acabaron por cegarla. Vaciado el hueco, en las restauraciones recientes han aparecido pavimentos y gradas con signos de haber sido utilizadas para el culto. De ella resultan particularmente interesantes las pilastras en triple esquina que nos han permitido hacernos idea de la forma de soportes originales y las dimensiones que tenía cada uno de los tramos primitivos, a más del arco de descarga con puerta de comunicación con la nave central, que parecen propios de algún corredor transversal que comunicaría las tres criptas algún día.
EL CLAUSTRO
La puerta abierta al norte de la catedral nos lleva al claustro.
Cuatro galería techadas en vertiente configuran un deambulatorio rectangular articulado en sus ángulos por arcadas en diagonal apeando sobre columnas adosadas.
Lo cercan con la catedral por el sur, dependencias y cocinas modernas por poniente, donde estuvieron las antiguas casa del prior claustral y camarero, de cuyas entradas quedan el clásico diseño conopial y renacentista.
Por el norte cierra el antiguo refectorio comunitario, luego reducido para dar cabida a la sala capitular y archivo con puertas independientes que nos reviven gustos que asimilaron desde el románico al barroco pasando por el renacimiento.
Por oriente lo protegen un muro antiguo en “opus spicatum” y la graciosa arquería de comunicación a la legítima sala capitular con capilla de San Agustín a sus espaldas.
El claustro se abre a un patio central provisto de un aljibe donde afluyen las agua pluviales que se escurren de los tejados vecinos a través de canaleras y conductos de piedra perforada alojados en los ángulos del patio.
El pozo tiene grabado en su dintel el año 1608. Sería restaurado entonces, pues lo hubo mucho antes y era la reserva hidráulica de Roda en tiempos de sequía.
Una formación de cuadrilátero de columnas cilíndricas, descansa sobre bancos de piedra soportando el ondulado ritmo de su arquería bajo un friso en ajedrez que sostiene el embigado de cubierta. Las columnas son de fuste monolítico, sobre pinto cuadrado y basa circular rematadas a veces con collarines en estrías. Las coronan capiteles de labra tosca y variada y a veces lisos tan sólo.
La nota curiosa e interesante de este claustro es el necrologio de piedra grabado en las arcadas y muros laterales. Son inscripciones conmemorativas de canónigos y personal vinculado o benefactor de esta iglesia.
En conjunto el claustro de Roda “conserva el mayor número de inscripciones de la provincia de Huesca”.
Hay lápidas artísticamente labradas con franjas de incisos vegetales, arbustos y aves desbordando sus dimensiones. Algunas conservan fondos de policromía original y, en general, a la par que piezas de arte, son un documento precioso que ha permitido recomponer gran parte del priorologio de esta iglesia y completar otras informaciones y datos de su archivo.